La guerra con Irán ha sido un desastre humanitario, económico y geopolítico. Una forma de comprender la magnitud de esta catástrofe estratégica es observar a los aliados y adversarios de Estados Unidos en todo el mundo y preguntarse: ¿Quién se beneficia? ¿ Quién pierde?
El balance es preocupante, ya que los principales beneficiados han sido los adversarios de Estados Unidos, mientras que los perjudicados han sido sus aliados tradicionales en Europa, Asia y el Golfo. Israel es un caso aparte.
Por parte de los adversarios, el régimen iraní está, desde luego, muy maltrecho. No obstante, ha sobrevivido a la agresión de la superpotencia y aún se mantiene firme. Y, en un giro inesperado, está planteando una reivindicación totalmente nueva sobre el control del estrecho de Ormuz, que permanecía abierto antes del 28 de febrero y que, ahora, Estados Unidos pretende disputar mediante un bloqueo selectivo.
Lo más paradójico es que Irán consiguió que la administración Trump le levantara las sanciones durante la guerra, cosa que no había logrado anteriormente.
Es posible que, con el tiempo, Teherán negocie algún tipo de acuerdo que cambie la supervisión de su uranio enriquecido por un alivio permanente de las sanciones; pero ya se estaba haciendo eso cuando estalló la guerra. De hecho, ya había aceptado un acuerdo de esa índole en 2015, antes de que Trump lo abandonara durante su primer mandato. Al final, se ha perdido mucho; quizá se haya ganado aún más.
Rusia, que ha suministrado información de inteligencia a Irán en su lucha, es la más beneficiada.
Hasta el 28 de febrero, se enfrentaba a dificultades económicas que podrían haberla obligado a buscar alguna solución a su actual invasión de Ucrania. Pero el alza de los precios del petróleo y el gas causada por la guerra de Trump ha devuelto a Moscú a la senda del crecimiento.
Como en el caso de Irán, esa bonanza se produjo incluso con un alivio inesperado de las sanciones por parte de EE.UU. Lo que es todavía mejor, el Kremlin ve que Trump está más furioso que nunca con la OTAN y puede tener la esperanza, con razón, de que la alianza occidental, destinada en primer lugar a disuadir a Moscú, se esté desmoronando.
Corea del Norte, que se ha mostrado notablemente prudente en sus críticas a EE.UU. durante la guerra de Irán, debe de estar muy satisfecho. Mantiene alianzas con Rusia y China y cuenta con un arsenal nuclear cada vez mayor dirigido contra Corea del Sur, Japón y, posiblemente, Estados Unidos.
Desde el 28 de febrero, tiene además el placer de presenciar cómo las fuerzas estadounidenses en Corea del Sur y Japón trasladan municiones y equipamiento a Medio Oriente. Eso es exactamente lo contrario de lo esbozado tan recientemente como en enero en la Estrategia de Defensa Nacional de la administración Trump.
China aún tiene más motivos para sentirse complacida.
Dicho documento estratégico también se mostraba muy contundente en cuanto a la concentración de las fuerzas de Estados Unidos y sus aliados en la región de Indo-Pacífica con el fin de defender la “primera cadena de islas” en una posible guerra por Taiwán o el mar de la China Meridional. En cambio, EE.UU. parece estar agotando sus recursos y sus arsenales en Medio Oriente.
China ya enfrentó a Trump el año pasado, cuando este trató sin éxito de intimidarla con aranceles, al responder paso a paso a su coacción económica. Ahora que se plantea una invasión de Taiwán, una lección que Pekín podría extraer de la guerra con Irán es que EE. UU. puede infundir miedo y terror durante unos días o semanas, aunque luego se queda sin fuerzas.
Trump ha aplazado hasta mayo una cumbre con su homólogo, Xi Jinping. Xi ahora será un anfitrión incluso más fuerte de lo que habría sido sin la guerra de Irán.
Entre los perdedores se encuentran los aliados de Estados Unidos.
Hasta hace poco, las monarquías del Golfo creían que invertían en su propia seguridad al albergar bases estadounidenses y realizar transacciones generosas con las empresas privadas del clan Trump.
Con su guerra predilecta, Trump las sometió al yugo del mártir. Queda por ver si podrán recuperar su antiguo esplendor como centros internacionales de aviación, negocios y ocio, o si se aliarán con China para lograrlo.
Los aliados europeos de la OTAN están sumidos en el caos.
Trump siempre los ha despreciado y ya ha contemplado la posibilidad de abandonar la alianza durante su primer mandato, una amenaza que volvió a mencionar la semana pasada durante la visita de Mark Rutte, el secretario general, conocido por su servilismo permanente.
También podría “castigar” a la alianza de otras maneras, por ejemplo, retirando algunas tropas estadounidenses. Y volvió a amenazar a Groenlandia (“¡¡¡ESE GRAN TROZO DE HIELO MAL ADMINISTRADO!!!”), que pertenece a Dinamarca, aliado de la OTAN.
Trump no tiene fundamento alguno para criticar a la OTAN por la guerra con Irán. Nunca notificó a los aliados de su inminencia, y luego alternó entre alardear de que EE.UU. no necesitaba su ayuda y quejarse de no recibirla.
Cabe destacar que la OTAN es una alianza puramente defensiva. Su propósito no es ayudar a sus miembros a librar guerras innecesarias, sino disuadir y repeler a los agresores, estipulando que un ataque contra un aliado es un ataque contra todos. Su cláusula de defensa mutua solo se ha invocado una vez, tras el ataque a Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001.
Las reacciones en Europa varían en función de hasta qué punto cada país se siente vulnerable ante Rusia.
España, que se encuentra lejos de Moscú, ha prohibido a las fuerzas de EE.UU. usar sus bases para librar la guerra contra Irán. Sin embargo, incluso en Francia, Alemania y otros países, cada vez son más quienes consideran que Estados Unidos no es un aliado fiable, y que posiblemente sea más bien un rival, un adversario o un enemigo.
Trump está mostrando un desdén similar hacia los aliados de Estados Unidos en Asia.
Durante su visita a la primera ministra de Japón, se le preguntó nuevamente por qué no había notificado a los socios de Estados Unidos (excepto a Israel) sobre la guerra.
“No se lo dijimos a nadie porque queríamos que fuera una sorpresa”, respondió el presidente; “¿quién sabe más de sorpresas que Japón? ¿Por qué no me informaron sobre Pearl Harbor?”. Su invitada japonesa, generalmente un dechado de serenidad diplomática, se mostró visiblemente incómoda.
El único aliado estadounidense cuyo papel se ha visto reforzado es Israel. Esto no es necesariamente algo positivo.
Un reportaje del New York Times ha revelado el papel preponderante que desempeñó Benjamin Netanyahu, el primer ministro israelí, en la decisión de ir a la guerra.
A diferencia de otros aliados, Netanyahu incluso tuvo la oportunidad de presentar un informe en la Sala de Crisis de la Casa Blanca, donde claramente impresionó al presidente (aunque los asesores de Trump consideraron que parte del análisis de Netanyahu era “ridículo” o “una tontería”).
En resumen, no está claro si Trump ha liderado o seguido a Israel en su guerra contra Irán. Y esa es la peor acusación que se le puede hacer a un comandante en jefe de EE.UU.
El uso adecuado de las alianzas es como elemento disuasorio para prevenir guerras y como multiplicador de fuerza una vez que se producen. El enfoque erróneo (conocido como “riesgo moral”) consiste en alentar a socios más pequeños a asumir riesgos excesivos, involucrando a Estados Unidos en guerras que no le convienen.
Varios historiadores ya consideran la guerra de Irán de 2026 un “momento Suez” estadounidense, en analogía con la crisis internacional de 1956 que marcó, tanto psicológicamente como a la vista del mundo, el principio del fin de los imperios británico y francés.
Ahora es el poderío de Estados Unidos el que se ha revelado limitado y menguante. Un factor que acelera el declive del país como superpotencia será que sus antiguos aliados buscarán seguridad en otros lugares, mientras que sus adversarios recalcularán el momento oportuno para desafiar directamente a Washington.
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