Bloomberg Línea — El crédito privado enfrenta un punto de inflexión tras años de expansión acelerada y estabilidad aparente. La combinación de tasas elevadas, presión de redenciones y cambios en sectores clave ha alterado el equilibrio que sostuvo su crecimiento desde la crisis financiera global.
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En los últimos meses, el flujo de noticias y datos ha mostrado un deterioro progresivo en distintos frentes. Las señales no apuntan a un colapso inmediato, pero sí a un ajuste que está reconfigurando la percepción de riesgo y el funcionamiento del mercado.
Timothy Rahill y Jeroen van den Broek, analistas de ING, sostienen que no ven “los eventos recientes en el crédito privado como un riesgo sistémico”, aunque advierten que el sistema atraviesa un proceso distinto al de años anteriores.
El mercado global de crédito privado, con un tamaño estimado entre US$2 billones y US$3 billones, creció con fuerza tras 2008 cuando la regulación bancaria redujo la capacidad de los bancos para prestar a segmentos de mayor riesgo. Fondos especializados ocuparon ese espacio con préstamos directos a empresas medianas, muchos de ellos fuera de mercados públicos y con menor transparencia.

Durante años, esta estructura ofreció rentabilidades superiores y una volatilidad reducida en apariencia. Sin embargo, esa estabilidad dependía en parte de la falta de valoración diaria de los activos y de la baja liquidez de los instrumentos.
Retiros, liquidez y el punto de tensión del sistema
El principal foco de estrés en 2025 y 2026 ha sido la liquidez. Fondos que invierten en activos difíciles de vender comenzaron a enfrentar solicitudes de retiro que superan los límites operativos establecidos en sus estructuras.
Estos vehículos canalizan capital de inversionistas hacia préstamos directos a empresas, en muchos casos fuera del sistema bancario. A diferencia de un fondo tradicional que invierte en acciones o bonos negociables, estos instrumentos no tienen un mercado secundario profundo, por lo que convertirlos en efectivo requiere tiempo o implica venderlos con descuento.
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El punto de tensión surge porque ese capital queda comprometido durante varios años en préstamos que no se negocian fácilmente en el mercado. Cuando los inversionistas solicitan retirar su dinero, los fondos no pueden recuperar ese capital de forma inmediata, ya que está colocado en créditos vigentes.
Datos de Bloomberg y Robert A Stanger & Co muestran que inversionistas han solicitado retirar cerca de US$13.000 millones en un solo trimestre, mientras más de US$4.600 millones han quedado atrapados por restricciones de liquidez. Muchos vehículos limitan salidas al 5% trimestral, lo que implica que una parte relevante de las solicitudes no se ejecuta.
Casos concretos ilustran la magnitud del fenómeno. El fondo Apollo (APO) Debt Solutions, con US$25.000 millones, recibió solicitudes por 11,2% de sus activos y aplicó un límite del 5%, lo que llevó a que los inversionistas recuperaran solo 45% de lo solicitado. El Ares (ARES) Strategic Income Fund, con US$10.700 millones, enfrentó demandas por 11,6% y también restringió salidas.
BlackRock (BLK), en su fondo de US$26.000 millones, recibió solicitudes por 9,3% y devolvió aproximadamente US$620 millones. En el caso de Blue Owl Capital (OWL), el fondo Blue Owl Technology Income registró solicitudes de retiro superiores al 15% de sus activos en un solo periodo, mientras que su vehículo Blue Owl Credit Income recibió demandas cercanas al 5,2%.

John Cocke, de Corbin Capital, advirtió a Bloomberg que el entorno ha cambiado de forma estructural al indicar que “en momentos de estrés percibido, las entradas se reducen a un goteo y significativamente más clientes están pidiendo liquidez que aportándola”, lo que limita la capacidad de los fondos para gestionar salidas sin afectar la calidad de sus carteras.
La presión de redenciones también ha obligado a decisiones extraordinarias. Oaktree permitió retiros por 8,5% en un fondo de US$7.700 millones, equivalente a unos US$400 millones, apoyado por capital de su matriz. Blackstone (BX) inyectó recursos propios para cubrir solicitudes cercanas al 7,9% en su fondo insignia.
Señales de deterioro: flujos, valoraciones y percepción
Más allá de la liquidez, los datos reflejan un cambio en la dinámica del mercado. Los flujos hacia fondos abiertos de crédito privado cayeron más de un tercio en los primeros meses de 2026, con entradas de US$1.100 millones frente a US$1.800 millones en el mismo periodo del año anterior, según datos de Morningstar Direct.
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Al mismo tiempo, las tasas de incumplimiento han aumentado hasta 5,8% en los doce meses hasta enero, el nivel más alto desde que existen registros recientes. Este incremento coincide con el vencimiento de deuda emitida en un entorno de tasas bajas que ahora debe refinanciarse a costos superiores.
El deterioro también se refleja en los mercados públicos. Algunas business development companies (BDC) cotizan con descuentos cercanos al 20% frente al valor de sus activos, según datos de Goldman Sachs (GS), lo que indica escepticismo sobre las valoraciones. En ciertos casos, las acciones han caído hasta 50% en el último año.
Las BDC, vehículos cotizados que invierten en préstamos corporativos similares a los del crédito privado, ofrecen una referencia observable sobre la valoración de estos activos. A diferencia de los fondos no listados, sus participaciones se negocian en bolsa, lo que permite contrastar el precio de mercado con el valor estimado de sus carteras.

Neil Sipes, de Bloomberg Intelligence, señala que “las presiones actuales son más agudas en los mercados privados que en los públicos”, lo que explica por qué las gestoras alternativas han sufrido caídas más pronunciadas que las tradicionales, con descensos de hasta 34% frente a 13%.
En varios casos, estas compañías cotizan con descuentos cercanos al 20% frente al valor de sus activos, lo que sugiere que los inversionistas asignan un menor valor a los préstamos que el reportado en libros. Esa divergencia se ha interpretado como una señal de escepticismo sobre la calidad crediticia y sobre las valoraciones en el conjunto del mercado.
Marco Stoeckle, de Commerzbank, describe el cambio de percepción al afirmar que “los participantes del mercado están despertando a esta nueva y más dura realidad”, en un contexto donde las preocupaciones han pasado de ser abstractas a concretas.
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Ese cambio se refleja en encuestas como la del Global Private Credit Survey de PitchBook/LCD, citada por Stoeckle, donde el principal riesgo identificado ya no es la calidad crediticia o la estructura de los préstamos, sino la percepción negativa del activo. La pérdida de confianza amplifica las tensiones al incentivar salidas adicionales de capital.
Ajuste y no crisis sistémica
El análisis de expertos converge en que el mercado atraviesa un proceso de ajuste más que una crisis sistémica. Rahill y Van den Broek, de ING, sostienen que “el sistema no está colapsando, pero está revalorizando el riesgo”, en un entorno donde las presiones de redención parecen inevitables.
Ese proceso puede extenderse a otros segmentos del mercado. Los mismos analistas advierten que “el estrés en el crédito privado podría desencadenar un repricing más amplio en préstamos apalancados, high yield y crédito grado de inversión”, lo que implica un encarecimiento generalizado del financiamiento.
Uno de los catalizadores clave es la inteligencia artificial. Cathie Wood, directora de ARK Invest, le dijo a Bloomberg Línea que sí cree que estos “fondos están en problemas, especialmente aquellos que invirtieron en SaaS porque pensamos que la IA está perturbando” ese segmento, lo que introduce un riesgo estructural en un sector relevante del crédito privado.
Este fenómeno, conocido en el mercado como “SaaSpocalypse”, describe el deterioro en las perspectivas del software como servicio ante la irrupción de soluciones basadas en inteligencia artificial. El modelo tradicional, basado en plataformas estandarizadas con ingresos recurrentes, enfrenta presión a medida que nuevas herramientas permiten desarrollar software personalizado con menores costos y mayor eficiencia, lo que afecta las expectativas de crecimiento y, en consecuencia, la capacidad de estas compañías para sostener niveles elevados de endeudamiento.
Desde una perspectiva más cuantitativa, Shamshad Ali, de Goldman Sachs, señala que “el panorama general muestra un deterioro incremental, no un deterioro generalizado”, aunque advierte que las valoraciones pueden ajustarse con retraso, lo que mantiene la presión sobre el mercado.
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Ali también indica que “las valoraciones privadas tienden a ajustarse con rezago”, lo que implica que el deterioro podría seguir reflejándose en los próximos trimestres a medida que se actualicen los precios de los activos.
En el plano macroeconómico, Manuel Abecasis, también de Goldman Sachs, sostiene que “el estrés en el crédito privado es poco probable que genere grandes efectos macroeconómicos por sí solo”, dado que el sector representa alrededor de 4% del crédito total al sector privado no financiero.
Sin embargo, el impacto indirecto podría ser mayor. Abecasis advierte que “spreads de crédito más altos (...) representarían mayores riesgos”, especialmente en un entorno donde la incertidumbre tecnológica y las condiciones financieras pueden endurecerse de forma simultánea.
En este contexto, el crédito privado enfrenta su primera gran prueba desde su consolidación como clase de activo. Las tensiones actuales no han derivado en una crisis sistémica, pero sí han puesto en evidencia las limitaciones de un modelo basado en activos ilíquidos, valoraciones poco frecuentes y promesas de liquidez parcial.













