Es casi como un experimento político surrealista: ¿Cuántas políticas impopulares puede implementar un presidente? Desde iniciar una guerra con Irán hasta amenazar Groenlandia y construir un nuevo salón de baile en la Casa Blanca, las prioridades sin límites del presidente Donald Trump en su segundo mandato están agravando el creciente riesgo electoral para su partido en las elecciones de mitad de mandato de noviembre.
Trump siempre ha suscitado fuertes emociones, tanto a favor como en contra. Sin embargo, en su primer mandato, impulsó relativamente pocas políticas específicas que contaran con la oposición de la gran mayoría de los estadounidenses.
Quizás la mayor controversia la generó con sus medidas para separar a los niños inmigrantes de sus padres en la frontera (dos tercios en contra) y las restricciones de viaje desde varios países de mayoría musulmana (alrededor de tres quintas partes en contra).
Sus otras políticas emblemáticas (el muro fronterizo y la rebaja fiscal de 2017) dividieron al país de forma mucho más ajustada entre la oposición y el apoyo. “Las decisiones que afectaban a la gente personalmente recibieron mayoritariamente el apoyo de la población durante su primer mandato, especialmente en materia económica”, explica el encuestador republicano Whit Ayres.
Trump volvió al cargo el pasado mes de enero con mayor libertad de maniobra. Tras la decepción generalizada por la actuación del presidente Joe Biden, los votantes de 2024 “coincidían fundamentalmente con Trump en muchos temas”, señala Doug Sosnik, el principal asesor político de Bill Clinton en la Casa Blanca durante su reelección de 1996.
La decisión de la Corte Suprema de Justicia de 2024, que exime a los presidentes de consecuencias penales por su conducta en el cargo, eliminó un posible obstáculo.
A diferencia de su primer mandato, Trump no tuvo la necesidad de asignar puestos clave en la administración a republicanos de otros centros de poder del partido; es más, ya no existen centros de poder republicanos independientes de Trump.
Cuando Trump aterrizó en Washington en 2017, tanto el presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, como el líder de la mayoría del Senado, Mitch McConnell, mantuvieron cierta distancia.
Además, Trump se enfrentó a la oposición de otros republicanos, no únicamente en el Congreso, sino también dentro de su propia administración, manteniendo su agenda más cerca de la opinión pública, tal y como sucedió cuando la oposición de un pequeño grupo de senadores republicanos frustró su intento, altamente impopular, de derogar la Affordable Care Act (Ley de Asistencia Asequible) en 2017.
Ahora, en cambio, apaciguar a Trump es la máxima prioridad para el Congreso liderado por el presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, y el líder de la mayoría del Senado, John Thune.
Al desaparecer estas restricciones, Trump se ha visto alentado a dar rienda suelta a todos los impulsos que contuvo durante su primer mandato, desde atacar a Irán hasta grabar su nombre en el Kennedy Center.
Algunas de las iniciativas surgidas durante el segundo mandato de Trump cuentan con el apoyo de la mayoría.
Desde el inicio, la mayoría de los estadounidenses ha aprobado sus medidas para controlar la inmigración ilegal en la frontera. La mayoría también aprueba las disposiciones del proyecto de ley fiscal aprobado el verano pasado, que reducen los impuestos sobre las propinas y las horas extras (aunque en la práctica, estos cambios benefician a menos del 10% de los hogares).
Sin embargo, estas excepciones palidecen ante las políticas de Trump durante su segundo mandato, tanto importantes como menores, que enfrentan una oposición pública desproporcionada.
La gran mayoría de los estadounidenses ha manifestado en encuestas su oposición a muchas de sus iniciativas más importantes, incluyendo la guerra en Irán, sus aranceles, sus recortes en el sistema de salud yla aplicación de las leyes de inmigración por parte del ICE. Cifras similares se oponen a la demolición del Ala Este y al cambio de nombre del Centro Kennedy.
Una mayoría más ajustada rechaza su emblemática Ley fiscal (One Big Beautiful Bill Act)l. El número de estadounidenses que, según las encuestas, apoyan su deseo de adquirir Groenlandia probablemente no sea mucho mayor que la población de Groenlandia misma.
En un amplio abanico de políticas nacionales y exteriores, afirma Sosnik, muchos votantes de Trump sienten ahora que “no obtuvieron lo que esperaban”.

Entre tanto, el escudo protector que amparó las políticas impopulares durante el primer mandato de Trump se ha desvanecido: en la actualidad, son muchos más los estadounidenses que opinan que su programa ha perjudicado a la economía en lugar de beneficiarla.
“La primera vez, la opinión era: ”Sí, no me gusta este tipo, pero algo está funcionando bien en la economía”, y esa dinámica ya no existe", afirma el encuestador demócrata Nick Gourevitch.
Como señala Ayres, a Trump nunca le han preocupado demasiado los votantes fuera de su coalición. Pero se están abriendo grietas visibles en su base: según la encuesta, cerca del 30% de los republicanos se oponen a la guerra contra Irán y a sus aranceles, mientras que cerca de una quinta parte dice que la aplicación de las leyes de inmigración ha ido demasiado lejos y que se equivocó al derribar el Ala Este.
La determinación de Trump de impulsar una agenda tan impopular resulta tóxica para su partido. Probablemente, solo una pequeña parte de los republicanos que expresan su descontento con él votarán por los demócratas en las elecciones de mitad de mandato de noviembre.
No obatante, muchos de ellos podrían no votar en absoluto, incluso cuando la intensa reacción en contra de las acciones de Trump, reflejada en estas encuestas, está movilizando a un gran número de votantes demócratas, una dinámica que se evidencia en la sucesión de victorias electorales del partido en años de transición desde su regreso.
Los republicanos del Congreso, temerosos de las polémicas de Trump en las redes sociales, han ignorado rotundamente la creciente evidencia de descontento público y no han hecho ningún esfuerzo por frenar sus excesos.
En este sentido, se comportan de forma muy similar a como lo hicieron los republicanos que controlaban la Cámara de Representantes y el Senado cuando la situación en Irak se deterioró bajo la presidencia de George W. Bush antes de las elecciones de 2006.
En aquel momento, los republicanos pensaban que estaban protegiendo a Bush y protegiéndose entre ellos, al negarse a presionarlo para que cambiara de rumbo. Pero lo que ellos consideraban lealtad, los votantes lo interpretaron como arrogancia, al negarse a reevaluar unas políticas que habían mermado la confianza del país.
Los republicanos perdieron el control de ambas cámaras del Congreso aquel otoño y la presidencia dos años después.
Este precedente cobra mayor relevancia cuanto más se empeña Trump en tomar decisiones, tanto en el ámbito nacional como en el internacional, que la mayoría de los ciudadanos de Estados Unidos rechazan.
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