Tras cinco semanas de la Tercera Guerra del Golfo, la situación de las reservas de petróleo es insostenible: el mundo sufre escasez de crudo. Medidas como la construcción de oleoductos que evitan el estrecho de Ormuz y el uso de reservas estratégicas han ofrecido cierto alivio. Pero a menos que el conflicto entre Estados Unidos e Israel con Irán termine pronto, el consumo de petróleo deberá ajustarse a una menor oferta, quizás mucho menor. Y entonces se desplomará la demanda.
Hasta ahora, el mercado ha absorbido bastante bien la escasez de crudo. A pesar de los titulares alarmistas, los precios de referencia rondan los US$100 por barril, muy por debajo de las crisis anteriores, cuando se dispararon hasta los 130-150 dólares.
Esta reacción relativamente moderada no significa que el mercado esté subestimando el cierre del estrecho, vía por la que transita una quinta parte del suministro mundial de petróleo. Es más bien una señal de que las múltiples medidas de protección del suministro han actuado como una solución provisional ante una interrupción que, por ahora, solo ha durado un mes. Las crisis anteriores se prolongaron durante meses, incluso años.
La diferencia entre la oferta y la demanda es tan grande que, tarde o temprano, las defensas agotarán sus recursos. La última vez que el mercado estuvo tan desequilibrado fue en 2020, cuando la pandemia obligó a miles de millones de personas a confinarse. Si bien en ese momento el problema era un exceso de oferta, esta vez es justamente lo contrario.

Durante los primeros días de esta guerra, el cierre del estrecho supuso la pérdida inmediata de 20 millones de barriles diarios de crudo y productos refinados. La industria se puso manos a la obra, activando una primera línea de defensa: el consumo de reservas.
La segunda línea llegó poco después, cuando Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos desviaron algunas exportaciones mediante oleoductos alternativos hacia los puertos del Mar Rojo y el Golfo de Omán.
La tercera defensa provino de los políticos. Las naciones más ricas recurrieron a sus reservas estratégicas, inyectando millones de barriles en el mercado.
El presidente estadounidense Donald Trump también realizó intervenciones verbales constantes y efectivas. Sus declaraciones sobre la posibilidad de un fin a los combates contribuyeron a calmar las compras de pánico.
Medir la contribución de estos diversos esfuerzos es difícil. Algunos, como los oleoductos, son permanentes. Otros, como el agotamiento de las reservas, son temporales. Un cálculo aproximado sugiere que, con supuestos optimistas, en conjunto probablemente hayan absorbido hasta el 60% de la pérdida de suministro, o alrededor de 12 millones de barriles diarios.
Esto sigue dejando un enorme déficit, que se agravará si la guerra continúa y se agotan las reservas. No hay más que una forma de solucionarlo si no hay nuevos suministros, lo que considero la cuarta y más drástica medida de defensa del mercado: la destrucción de la demanda.
Consiste en que los responsables políticos recurran a herramientas de emergencia para frenar el consumo de energía (la opción menos perjudicial), o en que los precios astronómicos obliguen a los consumidores a dejar de comprar (lo que es peor debido al golpe que supone para la economía).
Es comprensible que esto se esté volviendo inevitable. Como afirma Paola Rodríguez-Masiu, analista jefe de petróleo de la consultora Rystad Energy: “El sistema ha pasado de estar protegido a ser frágil”.
¿Qué tan frágil es?
Me temo que muchísimo. Si mis cálculos son correctos, el mercado necesita “destruir” la demanda en al menos 8 millones de barriles diarios. Eso es más que el consumo combinado de Alemania, Francia, el Reino Unido, Italia y España.
La mejor forma de lograrlo es mediante la presión política para reducir el consumo de petróleo, lo cual, si bien es doloroso, perjudica menos la actividad económica.
Algunos ejemplos incluyen la disminución de los límites de velocidad en las autopistas y un menor uso de la calefacción y el aire acondicionado. El teletrabajo obligatorio, que reduce así el consumo energético de los desplazamientos diarios, es otra opción, aunque resulta más compleja desde el punto de vista político y económico.
La Agencia Internacional de Energía ya ha recomendado medidas similares, si bien ningún miembro destacado las ha implementado por temor a la reacción pública.
No obstante, en el mundo en desarrollo, países como Pakistán, Filipinas, Vietnam y Tailandia ya están adoptando esta estrategia. Preveo que muchos otros seguirán su ejemplo a menos que la guerra termine pronto.

Lamentablemente, la capacidad de los responsables políticos para controlar la caída de la demanda en una crisis energética sin un final a la vista es limitada. En última instancia, el aumento vertiginoso de los precios tendrá un papel fundamental, y su impacto será desigual.
En África y algunas zonas del suroeste y sureste de Asia, los productos derivados del petróleo ya son tan caros que limitan las compras, lo que reduce la actividad económica. En esas regiones, las fábricas de productos químicos y fertilizantes están cerrando.
Las naciones más pobres quedarán excluidas por las más ricas o por sus pares que tengan los medios para subsidiar los precios del combustible e imponer prohibiciones a las exportaciones.
Analicemos la distribución del mercado petrolero: EE.UU., Canadá, Europa, Japón y China representan casi el 55% del consumo. Esto significa que seis de cada diez barriles del consumo mundial se encuentran en países que suelen tener la capacidad económica para pagar los precios.
La mayor parte de la caída inicial de la demanda se producirá en otros lugares, en regiones que simplemente no pueden afrontar esos precios. La carga se concentrará principalmente en África, Latinoamérica y gran parte de Asia. En las próximas semanas, si la guerra continúa, las gasolineras se quedarán sin combustible y las fábricas cerrarán.
Si la guerra se prolonga durante meses, en lugar de semanas, esto ya no será suficiente. La crisis deberá trasladarse a donde realmente se consume el petróleo: las naciones industrializadas del mundo.
Una crisis energética es producto de dos factores: la magnitud de la interrupción del suministro y su duración. Hasta ahora, la magnitud es inmensa, pero la duración es corta.
Por el bien de las vidas de las personas en las zonas de guerra, y por el de las economías tanto en desarrollo como desarrolladas, esperemos que el conflicto esté cerca de terminar.
Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial de Bloomberg LP y sus propietarios.
Lea más en Bloomberg.com













