Para ser un grupo de almacenes sin nada especial, están generando mucha polémica.
Los centros de datos, unas instalaciones de baja altura que albergan los servidores y los sistemas de energía que sustentan la economía digital, se han vuelto un tema candente en la campaña electoral. Los políticos de ambos partidos están promoviendo proyectos de ley para restringirlos. Hay quienes abogan por una “moratoria” a nivel nacional. Eso supondría un error histórico.
En la actualidad, según una estimación, existen alrededor de 4.000 centros de datos repartidos por todo EE.UU., y está previsto que se construyan 3.000 más. El gasto de capital a nivel global superó los US$450.000 millones en 2024.
Dichas instalaciones son el pilar de gran parte de la vida moderna: la computación en la nube para las comunicaciones, las finanzas y la atención sanitaria; los servicios de consumo como YouTube, TikTok y Zoom; y, cada vez más, los procesos de entrenamiento, ajuste e inferencia que emplean los modelos de IA.
Para las áreas donde se encuentran, estos centros pueden suponer una gran ventaja.
Para empezar, atraen ingresos fiscales sin consumir muchos servicios; en el condado de Loudoun, en Virginia, generaron casi el 50% de los ingresos totales, lo que les permitió financiar escuelas, rebajas fiscales y otras medidas.
Para darles soporte, las compañías de servicios públicos a menudo amplían las subestaciones, incrementan la capacidad de transmisión y construyen nuevas redes de fibra óptica, todas ellas mejoras que benefician a sus habitantes. Las obras pueden ser una incomodidad, pero suelen traducirse en mejores carreteras, redes de agua, capacidad de energías renovables y mucho más.
Y lo que es más importante, los centros de datos impulsan el crecimiento y la productividad de toda la economía.
Un estudio reveló que contribuyeron con US$727.000 millones al producto interior bruto (PIB) de EE.UU. en 2023, y que cada puesto de trabajo en este sector genera 6,5 puestos de trabajo en otros sectores. Su importancia no hará más que crecer con el avance de la IA, que depende en gran parte de los clústeres informáticos centralizados y que, por sí sola, podría elevar el PIB en un 1,5% para 2035.

Ahora bien, los centros de datos tienen sus inconvenientes. Suelen ser grandes, ruidosos y antiestéticos. También pueden consumir mucha agua y electricidad. Además, se han transformado en una especie de símbolo de las preocupaciones más amplias que suscita la inteligencia artificial.
Como consecuencia, muchos de los centros se están enfrentando a protestas o demandas judiciales, al tiempo que una docena de estados están analizando proyectos de ley para restringirlos. De acuerdo con una estimación, esta oposición ha impedido una inversión potencial de al menos US$156.000 millones.
¿Qué se debe hacer entonces?
Lo primero es no hacer daño. Una moratoria nacional, como han propuesto algunos legisladores, no haría más que ralentizar el crecimiento, frenar la innovación y mermar el liderazgo de Estados Unidos en la carrera por la IA. Lo mejor es aprovechar las ventajas de los centros de datos y, al mismo tiempo, mitigar sus inconvenientes.
Veamos el caso del consumo de agua.
Son muchos los centros de datos que recurren a sistemas de refrigeración por líquido para mitigar el intenso calor que generan los chips de alta potencia. En determinadas zonas, esto puede sobrecargar los ya limitados recursos hídricos.
Pero no hay que exagerar este problema: un análisis determinó que la huella hídrica de las instalaciones Colossus 2 de xAI Corp. en Memphis, uno de los centros de datos más grandes del mundo, es equivalente a la de unos dos restaurantes y medio de comida rápida.
El objetivo, entonces, no debería ser el obstruccionismo.
Los responsables políticos deberían, por el contrario, exigir transparencia en cuanto al uso del agua, al tiempo que animan a los centros de datos a usar aguas residuales recicladas, construir sistemas de almacenamiento in situ, experimentar con diseños de “circuito cerrado2 y aplicar otras medidas correctivas.
Además, deberían dar prioridad a las inversiones en infraestructuras y a los planes de recarga con el fin de compensar el consumo.
Otra preocupación razonable es la energía.
La demanda mundial de electricidad de los centros de datos aumentó un 17% en 2025, con los centros centrados en IA registrando el mayor crecimiento. El consumo podría duplicarse para 2030.
Entre tanto, la oferta es tan limitada en algunas zonas que las grandes instalaciones nuevas podrían tener que esperar siete años para conectarse a la red eléctrica. Sin embargo, no es necesario alarmar a la población.
Satisfacer las necesidades energéticas de Estados Unidos será un proyecto a largo plazo, y las empresas de inteligencia artificial están bien posicionadas para contribuir.
Para los responsables políticos, algunos objetivos deberían estar claros.
Deberían exigir que las compañías que construyen centros de datos financien las mejoras de infraestructura correspondientes. También facilitar la conexión a la red eléctrica, permitiendo así que las empresas generen más energía propia, y garantizar que los precios reflejen la fluctuación de la demanda.
Por último, pero no menos importante: deberían acelerar la reforma de los permisos, invertir en capacidad de transmisión y simplificar la regulación, en beneficio de la economía en general.
Es más fácil decirlo que hacerlo, por supuesto. Pero con el tiempo, a medida que los objetivos de las compañías tecnológicas se alineen con los del público en general, más personas deberían darse cuenta de lo obvio: los centros de datos no son el enemigo. Son el futuro.
Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial de Bloomberg LP y sus propietarios.
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