No le tengo aversión a volar. Me disgustan mucho más el mal humor del personal en los controles de seguridad y la ineficiencia burocrática de los aeropuertos que el temor a las turbulencias o a posibles accidentes catastróficos. No obstante, la guerra del Golfo me ha hecho sentir nervioso por otra cosa: el miedo a no volar.
En ocasiones, el avión es la única forma de trasladarse al lugar que se desea. Mi preocupación no es solo por los retrasos. Como la aerofobia, se trata de un terror casi irracional, pero no por lo que pueda suceder en el avión; más bien se trata de no poder subirme a este, de que el viaje no se realice debido a algún imprevisto que escapa a mi control.
Si es así, ¿para qué intentas volar?
El 18 de marzo tuve que hacer una reserva para un viaje de emergencia de Londres a California a fin de poder estar con mi familia en un momento difícil.
Estaba agradecido de poder tomar un vuelo a la mañana siguiente, aunque el precio fuera más del doble de lo que cuesta normalmente. Dada la urgencia, consideré que valía la pena pagar más de US$2.000 por un asiento en clase turista, en el que apenas cabía, en un viaje de medio día lleno de turbulencias.
Sin embargo, la guerra hizo que el proceso de reserva fuera motivo de preocupación. ¿Y si los costes de viaje se volvían prohibitivos y los vuelos eran escasos?
Dos días antes de mi partida, como consecuencia directa de la guerra de EE. UU. e Israel contra Irán, los precios del combustible para aviones con destino a Europa se habían elevado hasta alcanzar el equivalente a US$210 el barril, en comparación con los alrededor de US$100 que costaba antes de que estallaran los combates.
Los aviones comerciales de pasajeros requieren un tipo de queroseno refinado especial que funcione en condiciones de temperaturas extremadamente bajas. Todo eso encarece los costos de viaje. (En el mismo periodo, los contratos de crudo Brent subieron de US$60 a unos US$105 el barril). Esas escaladas pueden reflejarse o no en los precios de los billetes, según la habilidad de la aerolínea a la hora de cubrir sus compras de combustible.
También me preocupaba el efecto dominó que podría tener en los horarios del aeropuerto de Heathrow el cierre del gigantesco centro de conexiones aéreas de Dubái. ¿Y si los drones y los proyectiles causaban estragos todavía mayores? Mis hermanos viajaban dentro de EE.UU., pero yo tenía que cruzar el Atlántico.
En un delirio febril en el que imaginaba los peores escenarios posibles, sin aviones, solo barcos, trenes y automóviles, calculé que me llevaría casi dos semanas reunirme con mi familia en barco desde Southampton, Inglaterra, hasta el puerto de Nueva York, y después en una serie de trenes hasta la costa oeste. Pero conseguí subir a mi vuelo.
Damos por sentado que viajar en avión es algo tan común que la paranoia populista lo ha convertido en una amenaza latente.
“Ocho mil millones de personas están a un solo vuelo de tener un hijo que sea ciudadano estadounidense”, declaró el procurador general John Sauer el 1 de abril ante la Corte Suprema de Estados Unidos, al argumentar a favor de eliminar el derecho a la ciudadanía para quienes simplemente nacen en el país.
En realidad, la omnipresencia de los vuelos comerciales es una ilusión.
Solo una de cada cinco personas en el mundo ha viajado alguna vez en avión. Si bien esto equivale a 1.600 millones de pasajeros, la mayoría, alrededor de tres cuartas partes, son viajeros dentro de países enormes como EE.UU., China y Brasil, o regiones semiintegradas como Europa.
Los australianos son una excepción: una estadística estima que el 60% de la población ha viajado al extranjero. Pero esto podría incluir al 30% de los australianos que nacieron fuera de Australia. El resto del mundo no viaja mucho en avión, aunque parezca que todos pueden llegar a cualquier lugar, a todas partes, al mismo tiempo.
No siempre es tan sencillo como reservar un billete o conseguir un pasaporte.
Por ejemplo, un filipino tardaría unas dos semanas en obtener un visado de turista para EE.UU. (siempre que supere una entrevista inicial en la embajada estadounidense en Manila). Washington solo ha concedido el equivalente a la entrada sin visado a los titulares de pasaportes de unos 40 países.
Pagar el vuelo es otro asunto completamente distinto.
El precio de un billete de ida y vuelta en temporada alta a Los Ángeles (a más de 11.200 km de Manila y con una duración mínima de 12 horas) rondaría los US$1.000, casi un tercio del ingreso familiar anual promedio en Filipinas.
Viajar es un lujo reservado para la clase media acomodada. Por lo tanto, quienes viajan con frecuencia en avión, incluidos aquellos que sufren de aerofobia, gozan de un privilegio.
Pero este privilegio puede suspenderse si el mundo exterior no se comporta adecuadamente.
Ha habido dos cierres globales casi totales: durante la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de las aerolíneas fueron reclutadas para el servicio militar; y durante los distintos picos de la pandemia mundial de Covid-19, la mayoría de los gobiernos prohibieron los viajes para evitar la propagación del virus.
El ataque a Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001 provocó la suspensión de vuelos durante tres días en ese país y el cierre de aeropuertos en toda Europa, lo que causó semanas de interrupciones en los horarios de las aerolíneas.
Hoy el mundo no está en calma y se habla mucho de otra guerra mundial. Dubái y los demás aeropuertos importantes del Golfo aún no han reabierto por completo y la crisis del estrecho de Ormuz se encuentra en una tensa pausa.
La guerra en Ucrania sigue obligando a muchas aerolíneas a desviar sus rutas por un estrecho corredor para viajar de Europa al este de Asia, y viceversa. Los cambios repentinos podrían cancelar su vuelo por completo o retrasarlo durante días o incluso más tiempo.
Existen otras posibles rupturas.
A finales de marzo, China impuso restricciones de 40 días (no son exactamente zonas de exclusión aérea, pero aun así causaron gran revuelo) en su espacio aéreo de la costa este, aumentando la inquietud mucho más allá del estrecho de Taiwán.
Mientras tanto, el nuevo secretario de Seguridad Nacional de EE.UU. (DHS, por sus siglas en inglés) amenaza con retirar a los agentes de Aduanas y Protección Fronteriza (ICE, por sus siglas en inlgés) de las “ciudades santuario”, refugios para inmigrantes indocumentados, como Nueva York y Los Ángeles, privándolas técnicamente de su función como puntos de entrada para millones de visitantes extranjeros y nacionales como yo que regresamos para ver a familiares y amigos.
Sé que volar es un privilegio, pero también una necesidad.
Todavía recuerdo mi primer viaje en avión: a las montañas templadas al norte de la húmeda Manila. Tenía 5 años y mi padre me acompañaba. Él y mi madre también nos llevaron a mis hermanos y a mí en el viaje en avión más importante de nuestras vidas: como inmigrantes de Filipinas a Los Ángeles en 1979.
Durante los últimos ocho años, él había estado en San Diego mientras yo trabajaba en Londres. Tenía mucho miedo de no poder regresar a tiempo para despedirme. Pero lo logré.
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