Inflación y shock de oferta: la Fed enfrenta su mayor desafío en décadas

La inflación estadounidense de marzo cerró en 0,9% mensual y la interanual escaló a 3,3%.

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Federal Reserve Open Board Meeting
13 de abril, 2026 | 02:00 AM

Bloomberg Línea — La inflación de los Estados Unidos trepó en marzo al 3,3% interanual, empujada por los precios en ascenso de los combustibles, y esta delicada situación puede llegar a poner en aprietos a una Reserva Federal (Fed) que estaba en un ciclo descendente de su tasa de política monetaria, aunque con interrupciones en los movimientos en las últimas dos reuniones.

En este contexto, un informe reciente de Carson Group advierte que el escenario actual combina presiones inflacionarias persistentes con factores que escapan al control de la autoridad monetaria.

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De acuerdo con el estudio, la combinación de inflación persistente, shock de oferta y transición en el liderazgo de la Fed configura uno de los entornos más complejos para la política monetaria estadounidense en décadas. El desenlace dependerá, en gran medida, de la evolución de los factores geopolíticos y de la capacidad de la autoridad monetaria para adaptarse a un escenario que desafía sus herramientas tradicionales.

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Cómo actúan las tasas de interés

Las tasas de interés, definidas como el precio del dinero, inciden de manera directa en variables clave de la economía: desde el costo de financiamiento de hogares y empresas hasta la valuación de activos financieros. En ese marco, la Reserva Federal de Estados Unidos utiliza su principal herramienta —la tasa de fondos federales— para influir sobre el nivel de actividad y los precios.

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Según el análisis elaborado por Carson, los mecanismos tradicionales de la política monetaria funcionan con relativa eficacia en contextos de inflación impulsada por la demanda. En esos casos, un incremento de tasas encarece el crédito, modera el consumo y la inversión, y contribuye a desacelerar el aumento de precios.

Sin embargo, el informe subraya que el escenario actual responde a una dinámica distinta. “La Fed puede influir en la demanda, pero no puede producir petróleo ni resolver interrupciones en las cadenas de suministro”, señala el documento, en referencia a la diferencia entre inflación de demanda e inflación de costos.

Antes incluso del reciente conflicto en Medio Oriente, la inflación en Estados Unidos mostraba señales de persistencia. De acuerdo con datos citados por Carson y análisis del estratega macro Sonu Varghese, el índice de gasto en consumo personal (PCE) subyacente se ubicaba en torno al 3,1% interanual a comienzos de 2026, por encima del objetivo del 2% de la Fed, con una ampliación en la cantidad de rubros que registraban subas de precios.

En ese contexto, la autoridad monetaria decidió en marzo mantener sin cambios la tasa de referencia en el rango de 3,50% a 3,75%. Las proyecciones oficiales anticipan recortes graduales en los próximos años, aunque —según el informe— ese escenario podría subestimar las presiones inflacionarias existentes.

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Shock de oferta

Los analistas de Carson aseguran que el punto de inflexión lo introduce el shock de oferta derivado del cierre del Estrecho de Ormuz, que redujo de manera significativa el flujo global de petróleo. Carson estima que la interrupción afecta alrededor del 20% del suministro mundial, generando un déficit que no puede ser compensado plenamente mediante desvíos logísticos o liberación de reservas estratégicas.

El impacto se extiende más allá de los precios de la energía. El encarecimiento del diésel, el combustible de aviación y distintos insumos industriales —como fertilizantes y plásticos— introduce presiones adicionales sobre los costos de producción y transporte. “Se trata de inflación de costos en estado puro”, indica el informe.

Este tipo de dinámica plantea un desafío particular para la Fed. A diferencia de los episodios impulsados por la demanda, una subida de tasas no resuelve las restricciones físicas de oferta. Por el contrario, podría encarecer el financiamiento, afectar sectores sensibles como la construcción y aumentar el desempleo, sin lograr una reducción efectiva de las presiones inflacionarias.

Antecedentes históricos

El informe de Carson establece un paralelo con la década de 1970, cuando el embargo petrolero de la OPEP derivó en un período de estanflación en Estados Unidos. En aquel entonces, la política monetaria osciló entre ajustes y relajamientos sin lograr contener la inflación, hasta la intervención más agresiva bajo la conducción de Paul Volcker.

En el escenario actual, Carson advierte sobre el riesgo de un ciclo similar: el shock de oferta eleva los precios, la Fed endurece su política para preservar credibilidad, la actividad se desacelera y la política fiscal podría intervenir para sostener la demanda, lo que a su vez incrementaría el déficit y presionaría sobre las tasas de largo plazo.

En términos de corto plazo, el informe identifica como relevante la publicación de los próximos datos de inflación. Si bien el índice de marzo reflejará el impacto inicial del encarecimiento energético, será el dato de abril —a difundirse en mayo— el que capture con mayor precisión los efectos de segunda ronda, como el traslado a costos logísticos y precios de alimentos.

Otro elemento de incertidumbre es el recambio en la conducción de la Fed. El mandato del actual presidente, Jerome Powell, vence en mayo, y el presidente Donald Trump propuso como sucesor a Kevin Warsh. Su eventual designación podría implicar cambios en el enfoque de política monetaria, especialmente en relación con el manejo del balance del banco central.

Inflación de marzo

El índice de precios al consumidor (IPC) de Estados Unidos registró su mayor subida mensual desde 2022, impulsado principalmente por el encarecimiento de la energía.

Según señaló Sebastián Martínez, analista de mercados de la plataforma XTB, si bien la inflación interanual se ubicó en línea con las expectativas, “lo relevante es la magnitud del salto mensual, que ha sido el mayor avance desde junio de 2022”, lo que marca un quiebre respecto de la trayectoria más moderada observada en los meses previos.

El especialista agregó que, en términos recientes, se trata además del nivel más alto de inflación anual desde mayo de 2024, lo que “confirma que el proceso de desinflación se interrumpió abruptamente”. No obstante, destacó que el componente subyacente volvió a moderarse, lo que sugiere que el fenómeno responde a un shock puntual más que a una aceleración generalizada.

Ese shock se concentra en la energía. En particular, el precio de la gasolina registró un aumento mensual de 21,2%, el mayor desde que existen registros comparables. De acuerdo con Martínez, este componente explicó cerca de tres cuartas partes del incremento total del IPC, evidenciando el peso específico del encarecimiento del petróleo en la dinámica inflacionaria.

“El dato está fuertemente distorsionado por el impacto del conflicto entre Estados Unidos e Irán sobre el mercado energético. Cuando un solo componente explica la mayor parte del índice, el mercado tiende a relativizar la señal, pero no puede ignorarla”, señaló.

En ese sentido, advirtió que este tipo de shocks suele trasladarse con rezago a otros precios de la economía, como los costos de transporte y logística o los alimentos. “Más que un rebrote inflacionario estructural, lo que estamos viendo es un shock energético que se transmite rápidamente”, indicó.

Hacia adelante, el foco estará puesto en determinar si este efecto se diluye —en caso de estabilización del precio del crudo— o si comienza a filtrarse al resto de la economía, un escenario que podría incidir de manera directa en las próximas decisiones de política monetaria de la Reserva Federal.

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