Bloomberg Línea — La Copa del Mundo, que por primera vez se celebra en tres países distintos, pondrá a prueba la alianza comercial, económica y política de Norteamérica, una que parece chocar con la visión del “America First” del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de acuerdo con economistas y diplomáticos.
El Mundial marca un giro frente a las ediciones de Brasil, Rusia y Catar, coinciden los analistas, no sólo por la ausencia de inversiones -lo que lo haría más rentable- sino porque las políticas arancelarias, exterior y de inmigración amenazan el impacto económico y comercial del torneo y la capacidad de influencia de Norteamérica en el mundo.
Según el analista alemán Oliver Stuenkel, investigador del Carnegie Endowment for International Peace en Washington, la narrativa ha sido capturada por la figura de Trump para su beneficio reputacional y monetario, tratándolo casi como un proyecto personal y no de nación o bloque regional.
En la literatura sobre política internacional, hard power y soft power son complementarios. El soft se refiere a la reputación de un país, al poder de influir sin recurrir a la fuerza ni a la coerción económica, dijo Stuenkel a Bloomberg Línea.
“Pero nunca hubo un elemento personalista tan explícito como el de Trump. Y tampoco sabemos si va a funcionar. Puede ser que, a partir del momento en que el balón comience a rodar, nadie más preste atención a Trump”.

La fractura de Norteamérica y el costo del aislamiento
La historia de este Mundial comenzó cuando Arturo Sarukhán, entonces embajador de México en Washington y uno de los arquitectos de la candidatura mexicana para albergar el torneo, empezó a promover la idea de un Mundial organizado conjuntamente por su país y Estados Unidos.
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Sarukhán creía que la propuesta tenía tres ventajas decisivas. La primera era la infraestructura: ambos países ya contaban con estadios capaces de albergar el torneo. “No había que construir lo que llamamos elefantes blancos”, dijo a Bloomberg Línea.
La segunda buscaba reflejar la creciente integración entre ambos países. Y la tercera era “colgarnos del Mundial para mover toda una serie de temas de política pública que nada tenían que ver con el fútbol”, desde infraestructura fronteriza hasta un programa integral de viajero confiable.
Sin embargo, esas ventajas a conseguir planteaban la disyuntiva de convertirse en socios del éxito o en seguir siendo cómplices de un fracaso. “En Norteamérica, típicamente tendemos a apuntar bajo y pegar y nunca estamos buscando pegar elevado y cambiar estratégicamente la visión del continente”.
Más de una década después, Sarukhán cree que los tres Gobiernos “han perdido una oportunidad para, más allá del fútbol, enviar una señal al mundo sobre la visión norteamericana”.
Ahí radica “el mayor peligro y la mayor decepción de este Mundial”, dice el exembajador: una administración que amenaza a las mismas comunidades que sostienen el fútbol en Estados Unidos, el segundo país hispanoparlante del mundo después de México.
“Muchas de estas comunidades, que son las que le han dado vida y sustento al fútbol en Estados Unidos, seguramente no se van a acercar a un estadio por temor a que esté allí la policía migratoria deteniendo o pidiéndole papeles a la gente”.
El torneo queda sobre “una línea muy delgada” entre la oportunidad de tender puentes y “un país que crecientemente se ha convertido en una fortaleza”.

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Sarukhán ve en Trump un intento de “colgarse la medalla” y cree que su apuesta personalista lo va a llevar a “querer patear el balón” y “bajar a darle el trofeo... a los jugadores”, como ya hizo en el Mundial de Clubes, pero a un alto costo.
“Le pasará factura al presidente, no con su base de voto duro, sino con esos votantes independientes que son los que al final del día deciden las elecciones presidenciales”.
Una ficción conveniente
El impacto económico del Mundial 2026 invita al escepticismo. Los países anfitriones históricamente han justificado presupuestos con proyecciones de grandes impactos económicos.
Catar 2022 fue el caso extremo: cerca de US$220.000 millones en infraestructura, el Mundial con mayor inversión de la historia. Sin embargo, sólo entre US$6.500 y US$10.000 millones se fue en la construcción de estadios, pues el grueso del dinero se invirtió en el metro de Doha y en la construcción de aeropuertos y hoteles, infraestructura útil para la economía del país después del torneo.
La inversión para el Mundial de Rusia 2018 estivo alrededor de los US$11.600 millones y el gobierno proyectó que el campeonato aportaría entre US$26.000 y US$31.000 millones a su economía.
Brasil 2014 gastó una cifra similar, unos US$11.600 millones, pero, a diferencia de Catar y Rusia, se quedó con los elefantes blancos como el estadio de Brasilia, el segundo más caro del mundo, después del mítico estadio de Wembley, en Inglaterra, y el construido en Manaos, en plena selva amazónica, para que se disputaran sólo cuatro partidos.
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Para Stefan Szymanski, economista del deporte de la Universidad de Michigan y coautor del libro Soccereconomics, la narrativa del impacto económico es una ficción conveniente.
“En un sentido económico, es un evento pequeño”, explicó Szymanski a Bloomberg Lïnea. “Lo importante es que es un evento social enorme. Hablamos de ello sin parar, y eso lo hace significativo. Pero los pronósticos que afirman que tendrá un gran impacto económico no tienen sentido y se olvidarán rápidamente”.
Esa ‘ficción conveniente’, para el Mundial 2026, venía con cifras optimistas. En marzo de 2025, la FIFA y la Organización Mundial del Comercio (OMC) publicaron un estudio que atribuye al Mundial un impacto de US$30.500 millones en valor bruto de producción, US$17.200 millones en el PIB y 185.000 empleos a tiempo completo sólo en Estados Unidos.
El estudio afirmaba que el torneo tendría un retorno social de US$4.03 por cada dólar invertido.
Sin embargo, un año después, el 29 de abril de 2026, un informe de Oxford Economics redujo drásticamente esas cifras: prevé un crecimiento “marginal y de corta duración” en el PIB así como en el empleo de las ciudades sedes, y que se concentraba en las industrias del ocio y la hostelería, y advierte que buena parte del movimiento turístico se limitará a desplazar al que ya existía.

A solicitud de Bloomberg Línea, la economista Barbara Denham, especialista en el impacto económico de grandes eventos deportivos, distribuyó US$7.500 millones en gasto turístico que la FIFA prevé en Estados Unidos, entre los 78 partidos que albergarán las 11 ciudades sedes del torneo en ese país. Luego contrastó esa estimación con el PIB que el estudio de Oxford Economics proyecta para cada ciudad.
El resultado: el aporte del Mundial no supera el 0,4% en ninguna ciudad. El impacto más alto es para Kansas City, con 0,37%, por ser la economía más pequeña. En Houston, Seattle, Miami y Boston ronda el 0,11%. Ni en el área metropolitana de Nueva York, que albergará la final, ni en Los Ángeles, se llegará al 0,1% del PIB local.
“El impacto sobre el PIB de la ciudad sede es mínimo”, dijo Denham. Y añade un punto que la FIFA no contempla: “Por lo que he leído, el análisis de la FIFA no descontó el turismo desplazado durante el período”.
En una conferencia de prensa en la Ciudad de México, en la víspera de la inauguración del Mundial, Gianni Infantino, presidente de la FIFA dijo que “si nosotros hacemos algo mal, probablemente todos los que venden boletos en Norteamérica también estén haciendo algo mal”.
Infantino dijo que el precio promedio de los boletos para el Mundial se ubica por debajo de los US$500, que es más bajo de otros deportes estadounidenses, y que son comparables con los precios para las finales de la NBA entre los equipos de basquetbol New York Knicks y San Antonio Spurs.
“Mucha gente ve las finales (de la NBA),10 millones, tal vez”, dijo. “La Copa del Mundo será vista por 6.000 millones de personas. En términos de importancia, la Copa del Mundo es mucho más importante”.
El Mundial de 1994 celebrado en Estados Unidos, sin la construcción de estadios nuevos, no dejó una huella duradera en las economías locales. Y la verdadera fuerza económica de Estados Unidos en 2026 se concentra en su mercado de consumo, tomando como base la infraestructura de la NFL.
“La mayoría de los estadios en los que van a jugar se construyeron con dinero de los contribuyentes para satisfacer a los dueños de los equipos de NFL”, dijo Szymanski. “Los mismos gastos han ocurrido en Estados Unidos, sólo que se programaron de manera diferente en el tiempo”.
Inversión y cosecha: el modelo FIFA choca con políticas de Trump
Si el Mundial de 1994 funcionó como una estrategia a pérdida, pero con el fin de implantar el fútbol en Estados Unidos con el posterior lanzamiento de la Major League Soccer (MLS), el de 2026 responde a una lógica inversa.
Szymanski recuerda un detalle revelador. En 1994, los organizadores estadounidenses sugirieron subir el precio de los boletos de la final, pero la FIFA se negó y mantuvo las entradas baratas para llenar el estadio y sembrar afición.
“La FIFA vio el Mundial de 1994 como una inversión para el futuro”, dice Szymanski. “Ahora ven este torneo como la cosecha de esa inversión”. Y esa cosecha se puede ver en el precio: la entrada más barata para la final de 2026 cuesta US$10.990.
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Pero esa ganancia se enfrenta a un obstáculo imprevisto: un Gobierno hostil a la globalización y a la libre circulación de extranjeros.
A diferencia de los Juegos Olímpicos, que dependen del público local, el Mundial extrae su valor de ser un festival transfronterizo y la retórica nacionalista amenaza con asfixiar ese flujo vital.
“Este Mundial ha sido desafiado por las políticas del Gobierno estadounidense, que desalientan significativamente la llegada de visitantes extranjeros. Va a ser un Mundial que estará en Estados Unidos y será principalmente para los estadounidenses. El resto del mundo se sentirá un poco excluido”.
Las consecuencias podrían ser severas: “El contexto político y social es tan deprimente que podría terminar siendo uno de los Mundiales más impopulares de la historia. La gente dirá: ‘No debemos volver a hacerlo de esta manera nunca más’”, según Szymanski.
El exembajador Sarukhán, fanático del fútbol desde la infancia, comparte el diagnóstico y lo lleva más lejos: el precio de los boletos evita que los verdaderos seguidores del fútbol puedan asistir a un estadio.
“La simbiosis entre el fútbol y el dinero está rompiendo ese tejido social que es tan vital en la vida del fútbol en todo el mundo”.
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Socios en la sombra: el impacto sobre México y Canadá
Para los analistas consultados, lo que se diseñó en la era pre-Trump como símbolo del T-MEC, se transformó en una cohabitación forzada. El peso de Estados Unidos relegó a México y Canadá a papeles secundarios, en un clima tensado por la presión del gobierno de Trump con su política arancelaria, migratoria e internacional.
“Es la primera vez en la historia del Mundial que, en el año del evento, el presidente de una nación anfitriona amenaza con invadir a otra y rompe relaciones comerciales con la tercera”, dice Szymanski, que califica la situación de “sin precedentes”.
Esa inestabilidad se proyecta sobre el calendario olímpico. Los Ángeles, sede del Mundial en medio de redadas migratorias, será también anfitriona de los Juegos Olímpicos de 2028, bajo la misma administración.
“Estos eventos suelen ser rehenes de los cambios de régimen político”, dice Szymanski.
Cuando a Argentina se le adjudicó la sede del Mundial de 1978 era una democracia. La designación se produjo en 1966, durante el gobierno constitucional de Arturo Illia (1963-1966). “Fue sólo después de la designación que la junta (militar) tomó el poder”.
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Los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936 se concedieron cuatro años antes, en 1931, durante la República de Weimar, antes de que Adolf Hitler fuera nombrado canciller en 1933.
“Si alguien hubiera sabido como iba a operar la presidencia de Estados Unidos de cara al Mundial, esto nunca habría ocurrido”, dice Szymanski.
Para Sarukhán, el contexto en que nació la idea del Mundial tripartito cambió por completo desde entonces, con “un presidente estadounidense que está instalado en el vandalismo diplomático y en el gansterismo arancelario, que amenaza con anexarse a Canadá y que amenaza a México con el uso de la fuerza unilateral”.
El costo de este cambio, dice el diplomático, es haber desperdiciado la señal de que “si a Norteamérica le iba bien, le iba a ir bien a canadienses, mexicanos y estadounidenses por igual”, en lugar de “un juego de suma cero”.
La paradoja que subraya Sarukhán es que Canadá y México son “los dos vecinos de Estados Unidos y son el primer y segundo socio comercial de Estados Unidos en el mundo” y, a la vez, los dos países donde más ha caído la percepción favorable de Estados Unidos tras el regreso de Trump.
Con información de Arturo Solís desde la Ciudad de México.













