Las ciudades sede del Mundial se equivocaron al esperar grandes beneficios

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Fútbol
Por Justin Fox

Las reservas hoteleras en la mayoría de las ciudades estadounidenses que acogen la Copa Mundial de Fútbol están muy por debajo de las expectativas, según informó la semana pasada la Asociación Americana de Hoteles y Alojamientos, y entre el 65% y el 70% de los hoteleros que respondieron a su encuesta señalaron “las barreras para la obtención de visados y preocupaciones geopolíticas más amplias” como la causa principal.

Sin duda hay algo de cierto en ello: los viajes a EE.UU. han disminuido desde que el presidente Donald Trump iniciara su campaña de represión migratoria y de alienación de aliados la pasada primavera, y la crisis energética provocada por la guerra de EE.UU. e Israel contra Irán ha comenzado a afectar negativamente a los viajes a cualquier destino. Las políticas de fijación de precios de las entradas de la FIFA (siglas de Fédération Internationale de Football Association), organizadora de la Copa del Mundo y tan criticadas (incluso por el propio presidente Trump), también pueden estar alejando a los aficionados.

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Sin embargo, cuando escucho a las personas quejarse de que los beneficios económicos derivados de la celebración de los partidos del Mundial podrían ser menores de lo previsto, no puedo evitar preguntarme qué es lo que habían previsto.

El mejor análisis que existe sobre el impacto económico regional del último Mundial celebrado en EE.UU., en 1994, llegó a la conclusión de que probablemente se redujo la actividad económica en las nueve ciudades anfitrionas en más de US$5.500 millones.

No fue porque la Copa del Mundo de 1994 fuera un fracaso: fue un gran éxito, llenó grandes estadios en un país con poca tradición futbolística en el que muchos pensaban que nunca habría tantos aficionados y vinculó de forma permanente el mercado deportivo más lucrativo del planeta con su deporte más popular. No obstante, la logística de organizar partidos del Mundial, sobre todo en un país tan extenso como Estados Unidos, supone que el impacto económico directo en las ciudades anfitrionas es, en el mejor de los casos, desigual.

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Las ciudades sede de este Mundial no acogen partidos en días consecutivos; en el caso de las sedes más recurrentes de este año, Atlanta y Dallas, los partidos de la fase de grupos suelen celebrarse con tres días de diferencia, si bien en otras ciudades y en las fases eliminatorias los intervalos entre partidos son más largos, y los equipos van de una ciudad a otra.

Este hecho, sumado a las largas distancias entre las ciudades sede (Nueva York y Filadelfia son las únicas dos que se podrían considerar próximas, y cinco están en Canadá y México), hace que los aficionados no se queden en un mismo lugar durante mucho tiempo.

Entre tanto, otros visitantes potenciales pueden evitar acudir a las ciudades sede durante la competición porque piensan que estarán abarrotadas de aficionados al fútbol, algunos de ellos ruidosos.

El análisis al que me refería más arriba, elaborado por los economistas Robert Baade, del Lake Forest College de Illinois, y Victor Matheson, del College of the Holy Cross de Massachusetts, y difundido en la revista Regional Economics en 2004, comparó el crecimiento real del PIB en 13 áreas estadísticas metropolitanas ubicadas en o cerca de los estadios del Mundial de 1994 con las tasas de crecimiento previstas en caso de que no se hubiera celebrado el gran evento.

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En nueve de las 13 áreas, el crecimiento real fue por debajo de lo esperado.

Mundial 1994

Para cada una de las nueve áreas metropolitanas con bajo rendimiento, es posible que el azar u otro factor, distinto al Mundial, haya sido responsable del crecimiento más lento de lo previsto, y lo mismo sucede en sentido contrario con las cuatro áreas con alto rendimiento.

El bajo rendimiento general de las áreas metropolitanas del Mundial era mucho menos probable que se debiera al azar, ya que Baade y Matheson calcularon una probabilidad del 93,7% de que el impacto económico del evento hubiera sido negativo y solo una probabilidad del 0,8% de que hubiera generado una ganancia económica igual o superior a los US$4.000 millones proyectados por el Comité Organizador del Mundial.

Además resulta significativo que las áreas donde el déficit de crecimiento fue mayor, Orlando, Nueva York, Los Ángeles y el Área de la Bahía de San Francisco, se encuentren entre los principales destinos en EE.UU. para visitantes internacionales. Si la Copa del Mundo estaba desplazando a los turistas y viajeros de negocios habituales, es probable que el efecto fuera más fuerte allí.

Otro estudio sobre el Mundial 1994 realizado por Baade, Matheson y Bryan Engelhardt de la Universidad de Wisconsin-Oshkosh no encontró ningún impacto en el empleo en las áreas metropolitanas anfitrionas, ni en general ni en los sectores de ocio y hostelería, y un impacto negativo estadísticamente significativo en el empleo minorista.

En un resumen de 2018 hecho por Matheson de estudios económicos sobre las Copas Mundiales desde 1970 hasta 2014, la mayoría de los realizados a posteriori mostraron un efecto insignificante o negativo, y Matheson dijo que no ve ninguna razón para esperar que 2026 fuese diferente.

La Copa Mundial Femenina es más reciente, más pequeña y menos estudiada, con un análisis de 2013 de las tres primeras, China en 1991, Suecia en 1995 y EE.UU. en 1999, que no detectó ningún impacto significativo en las variables económicas nacionales, pero un examen del torneo de 2015 en Canadá al menos encontró que atrajo a muchos estadounidenses para ver a su equipo (finalmente victorioso).

Los Juegos Olímpicos son un caso aparte.

Baade y Matheson informaron en un análisis de 2016 que muchos estudios posteriores detectaron un incremento del empleo en las ciudades anfitrionas. El problema con los JJ.OO. es el costo, ya que las ciudades anfitrionas suelen invertir enormes sumas en nuevas sedes y mejoras de infraestructura.

Los costos de la Copa Mundial varían mucho: Catar construyó siete estadios nuevos y reconstruyó un octavo para albergar el evento en 2022, mientras que Estados Unidos pudo usar los existentes en 1994 y 2026.

Los estudios previos a la Copa Mundial y a los JJ.OO. casi siempre pronostican beneficios económicos, lo cual se explica en parte por el hecho de que la mayoría son financiados por los organizadores del evento o por grupos empresariales locales.

El “Análisis de Impacto Socioeconómico” divulgado en el 2025 por la FIFA no es una excepción, ya que estima un impacto positivo en el PIB de US$40.900 millones a nivel mundial y de US$17.200 millones en EE.UU.. Incluso si esta última estimación resultara ser correcta, y es casi seguro que no lo será, representa solo el 0,2% del PIB de Estados Unidos en un trimestre.

El placer que miles de millones de personas de todo el mundo obtendrán de la Copa del Mundo probablemente valga más de US$40.900 millones, y, como nación rica que cuenta con estadios de gran capacidad más que suficientes para acoger el evento, es totalmente lógico que EE.UU. lo haga una vez cada veinte años. Eso sí, no debería esperar obtener ningún beneficio económico de ello.

Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial de Bloomberg LP y sus propietarios.

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