Bloomberg Línea — El regreso del petróleo por encima de los US$100 por barril volvió a poner bajo presión la inflación y el crecimiento mundial. A ese riesgo, se suman ahora un comercio internacional fragmentado y un episodio de El Niño que podría convertirse en uno de los más intensos de las últimas décadas.
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La combinación de esos tres elementos no implica que el escenario más adverso vaya a materializarse, pero sí aumenta la probabilidad de nuevos shocks de oferta capaces de trasladarse a los precios de la energía, los alimentos y el transporte.
La preocupación no radica únicamente en el efecto individual de cada uno, sino en la posibilidad de que coincidan en un momento en el que la inflación aún permanece por encima de las metas de numerosos bancos centrales.
Henry Allen, analista de Deutsche Bank, advirtió que “un episodio muy fuerte de El Niño sería otro shock negativo de oferta, en un momento en que la economía mundial tiene un margen limitado para absorber uno”. El informe añade que esa amenaza adquiere mayor relevancia, porque coincide con las tensiones energéticas derivadas del conflicto en Medio Oriente y con las presiones que todavía enfrentan las cadenas globales de suministro.

Los analistas coinciden en que el petróleo representa hoy el riesgo más inmediato, mientras que los aranceles parecen haber perdido capacidad para alterar el escenario, a pesar de los anuncios de la semana pasada, y El Niño emerge como un factor capaz de amplificar las presiones sobre los alimentos, la energía y la inflación durante los próximos meses.
El petróleo vuelve a ser el riesgo inmediato
El Brent volvió a superar los US$100 por barril el jueves pasado, después de que los ataques de los hutíes contra petroleros saudíes en el mar Rojo elevaran el temor a nuevas interrupciones del suministro. La escalada abrió un nuevo frente para el mercado, que ya lidiaba con las restricciones al tránsito por el estrecho de Ormuz y con una oferta cada vez más ajustada.
Aunque la mayoría de las proyecciones no contempla un petróleo sostenido en US$120 por barril, varios bancos de inversión consideran que una prolongación del conflicto ,acompañada por daños sobre la infraestructura energética, podría acercar nuevamente al mercado a ese nivel.
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Para Ziad Daoud, analista de Bloomberg Economics, “una nueva espiral podría afectar una mayor parte de la infraestructura energética y las rutas de exportación de la región”. Según sus cálculos, “en un escenario extremo, un cierre generalizado de los flujos de petróleo de Medio Oriente podría llevar el crudo hacia los US$120 por barril”.
Bloomberg Economics estima que entre 8 y 10 millones de barriles diarios todavía pueden llegar al mercado mediante rutas distintas de Ormuz, pero advierte que el mayor riesgo ahora se concentra sobre infraestructuras como el oleoducto East-West de Arabia Saudí y sobre corredores alternativos como Bab el-Mandeb.
La firma calcula que una interrupción simultánea de varias de esas rutas añadiría cerca de US$29 por barril respecto a los niveles actuales.

Las consecuencias irían mucho más allá del mercado energético. Un petróleo más caro elevaría los costos del transporte, de los combustibles, de los fertilizantes y de parte de las cadenas de suministro, al tiempo que dificultaría el proceso de desinflación que comenzaban a consolidar varias economías desarrolladas.
Warren Patterson, responsable de estrategia de materias primas de ING, sostuvo que “si estas interrupciones del suministro continúan durante agosto, creo que es solo cuestión de tiempo antes de que alcancemos los US$120 por barril”. El diagnóstico parte de un mercado con menores inventarios comerciales, una Reserva Estratégica de Petróleo de Estados Unidos más reducida y una capacidad limitada para compensar interrupciones prolongadas.
Aranceles mantienen dividido el comercio
Mientras el petróleo volvió a ocupar el centro de las preocupaciones, el riesgo asociado a los aranceles parece haber perdido intensidad desde el punto de vista macroeconómico, aunque continúa redefiniendo el mapa comercial.
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La nueva estructura anunciada por la administración estadounidense la semana pasada establece gravámenes de entre 10% y 12,5% para la mayoría de sus principales socios comerciales. En América Latina, Argentina, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Honduras, México y Trinidad y Tobago quedaron con un arancel de 10%, mientras Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Guyana, Nicaragua, Perú, Uruguay, Venezuela, Bahamas y República Dominicana enfrentarán una tasa de 12,5%.
Pese a esos cambios, UBS considera que el efecto agregado será reducido porque la mayor parte del impacto inflacionario asociado a los aranceles ya se trasladó a los precios de los bienes. La entidad espera que la desaceleración reciente de la inflación de bienes continúe durante el resto del año y facilite un proceso adicional de desinflación subyacente.
Goldman Sachs llega a una conclusión similar. La firma calcula que la nueva estructura arancelaria dejará prácticamente sin cambios la tasa efectiva de aranceles de Estados Unidos y mantiene su expectativa de que ese indicador permanezca estable hasta finales de 2026. Algunos países registrarán ajustes individuales, pero la modificación agregada resulta limitada.

Eso no significa que el comercio internacional haya dejado atrás las tensiones. Las nuevas tarifas consolidan un entorno de mayor fragmentación comercial y obligan a empresas y cadenas productivas a seguir adaptándose a un esquema de costos diferente, incluso si el impacto adicional sobre la inflación resulta inferior al observado tras los primeros anuncios comerciales.
El Niño aparece como un riesgo poco descontado
Mientras los mercados siguen de cerca la evolución del conflicto en Medio Oriente, varios analistas identifican un riesgo adicional que podría cobrar fuerza durante el segundo semestre: un episodio de El Niño que los pronósticos sitúan entre los más intensos desde mediados del siglo pasado.
La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) estima una probabilidad de 81% de que entre octubre y diciembre se registre un evento muy fuerte y una probabilidad de 97% de que las condiciones continúen hasta comienzos de 2027.
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Allen señaló que “un episodio muy fuerte de El Niño significa que es más probable que modifique simultáneamente los patrones de lluvia y temperatura en múltiples regiones”.
El analista añadió que “un shock alimentario moderado puede absorberse mediante inventarios, importaciones o sustitución, pero un shock de gran magnitud que se propague entre varios países no puede absorberse con la misma facilidad”.
ING considera que parte de la preocupación alrededor de El Niño se ha exagerado cuando se analiza la producción agrícola mundial. Patterson y Thijs Geijer sostienen que “el impacto de El Niño sobre la producción agrícola mundial es bastante limitado”, aunque advierten que Asia Pacífico afronta una exposición considerablemente mayor.

El informe identifica riesgos para el trigo australiano, el aceite de palma de Indonesia y Malasia, el azúcar de India y Tailandia, el arroz y la acuicultura asiática. Además, recuerda que las restricciones a la pesca de anchoveta en Perú ya impulsaron un aumento superior al 75% en los precios de la harina de pescado, uno de los principales insumos para la alimentación de peces y camarones.
Para Deutsche Bank, el alcance del fenómeno va más allá de los alimentos. El informe identifica impactos potenciales sobre la generación hidroeléctrica, el transporte marítimo, las cadenas de suministro y la estabilidad macroeconómica de numerosos mercados emergentes.
El episodio de 2023 y 2024 dejó al Canal de Panamá con su tercer año más seco del que se tiene registro, lo que obligó a restringir el tránsito de buques por una vía que mueve alrededor del 5% del comercio marítimo mundial, recuerda Deutsche Bank.
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¿Qué significa esos tres riesgos para América Latina?
La coincidencia de un petróleo más caro, un comercio internacional fragmentado y un episodio intenso de El Niño plantea un desafío distinto para América Latina, porque sus efectos no serán homogéneos entre países.
La CEPAL considera que la región tiene una posición relativamente más favorable que Europa o Asia, debido a la presencia de exportadores de hidrocarburos, una exposición comercial limitada al golfo Pérsico y una matriz eléctrica con una elevada participación de energías renovables. Sin embargo, esa visión regional oculta diferencias importantes.
En un escenario de Brent cercano a US$115 por barril, el organismo estima que exportadores como Guyana, Trinidad y Tobago, Ecuador, Colombia y Brasil mejorarían su balanza comercial. En contraste, los países del Caribe importadores de energía enfrentarían un deterioro equivalente a 1,3 puntos del PIB y Centroamérica, Haití y República Dominicana registrarían un impacto negativo cercano a 2,4 puntos del PIB.

Deutsche Bank advierte que el impacto resulta mayor en las economías emergentes, donde los alimentos pueden representar hasta un tercio del gasto de los hogares, frente al 8% del IPC estadounidense.
El informe recuerda que una parte importante del consumo en esos países se destina a alimentos, por lo que cualquier aumento de precios tiene un efecto más inmediato sobre la inflación y el poder adquisitivo.
ING añade que, aunque el impacto global sobre la producción agrícola probablemente resulte limitado, las alteraciones regionales pueden provocar restricciones comerciales, cambios en las cadenas de abastecimiento y nuevas presiones sobre determinados productos agrícolas. Esa posibilidad adquiere mayor relevancia cuando el mercado energético continúa tensionado y el comercio mundial opera bajo un marco de mayores barreras.
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La evolución del conflicto en Medio Oriente, el comportamiento de los precios del petróleo y la intensidad definitiva de El Niño determinarán si esos tres factores permanecen como riesgos independientes o terminan reforzándose entre sí. Esa interacción marcará buena parte de la trayectoria de la inflación, las materias primas y las perspectivas económicas para América Latina durante los próximos meses.













